Esta leyenda se ha consolidado durante siglos como el gran mito de la ciudad, uno de sus símbolos. La leyenda tiene diferentes versiones, pero la más extendida es que un enorme reptil vivía en una cueva, frente al raudal de la Magdalena, y se comía a quienes se acercaban a coger agua.
Finalmente, un preso condenado a muerte, a cambio de su libertad, mató al lagarto. Mediante engaños, coló un saco de pólvora en la boca del reptil, que lo comió y reventó.
Otra versión afirma que un pastor, harto de que el reptil se comiera a sus ovejas, rellenó un animal muerto con yesca encendida. El reptil se tragó el engaño y murió, mientras le ardían las entrañas.
Así, en el barrio de la Magdalena, sobre la fuente donde se supone que habitaba, hay una estatua que recuerda al lagarto.

